Pez

Animales

En 1956, Julio Cortázar publicó un cuento que cambió lo que la literatura podía hacer con un pez. "Axolotl" comienza con un hombre que visita el acuario del Jardín des Plantes en París y se detiene ante el estanque de los ajolotes —esas larvas de salamandra que nunca terminan de metamorfosearse, que viven permanentemente en la etapa intermedia entre lo que eran y lo que podrían ser. El hombre visita todos los días. Comienza a sentir que los ajolotes lo miran. Y entonces, sin que el cuento explique el mecanismo, el punto de vista cambia: ahora el ajolote mira al hombre desde el otro lado del vidrio. El hombre que miraba se ha convertido en lo que miraba, y lo que miraba ahora lo observa con sus ojos de oro, quieto, en el agua fría.

Este cuento no es una metáfora de la transformación. Es la descripción fenomenológica de lo que ocurre cuando contemplas algo el tiempo suficiente: te conviertes en ello, o descubres que ya eras ello y no lo sabías. Cortázar entendió lo que el pez porta en el inconsciente: la imagen de lo que vive en una profundidad a la que el yo consciente no tiene acceso habitual, y que sin embargo nos mira desde abajo con una presencia que no puede ser ignorada.

El pez no se parece a la serpiente, que también vive en los espacios oscuros pero que se mueve y actúa y transforma. El pez simplemente está, en su mundo que no requiere aire, en un elemento que el humano puede ver pero no habitar. Esta cualidad —la existencia plena en un mundo que es adyacente al nuestro pero fundamental mente diferente— es el corazón del símbolo onírico.

El pez como símbolo psicológico

Jung dedicó un texto completo —Aion, de 1951— a explorar el pez como símbolo del alma en la tradición occidental. Su argumento central era que el paso de la era de Aries a la era de Piscis —los dos mil años del cristianismo— estaba marcado por la imagen del pez no por casualidad: el ichthys cristiano, el símbolo secreto de los primeros creyentes, condensaba en un signo simple la totalidad de lo que ese período iba a significar. El pez como símbolo de lo que está debajo de la superficie visible de la historia, de la dimensión interior de la experiencia colectiva, de lo que no puede ser visto directamente pero que orienta todo desde abajo.

Pero antes del christianismo y antes de Jung, los pueblos mesoamericanos habían desarrollado una relación con el pez que tiene su propio peso específico. En la cosmología azteca, Cipactonal —a quien algunos textos identifican como el primer hombre o el primer adivino— realizó el primer acto de pesca primordial, y con ese acto inició la cadena de causas y efectos que llevó a la creación del calendario y del tiempo. El pez en la cosmología nahua no es solo alimento ni solo símbolo: es el elemento que conecta el acto humano con el tiempo ordenado. Pescar, en ese contexto, es participar en la creación.

El ajolote de Cortázar añade una dimensión que ni Jung ni los aztecas formularon explícitamente pero que el cuento hace imposible ignorar: el pez como lo que no terminó de transformarse. El ajolote real —Ambystoma mexicanum, endémico del lago Xochimilco en Ciudad de México, actualmente en peligro de extinción— es un animal que en condiciones normales nunca completa su metamorfosis. Se reproduce siendo larva. Vive permanentemente en el estado de transición. Esta cualidad —existir en el umbral, ser siempre lo que está entre dos formas— es lo que Cortázar convirtió en el símbolo de la identidad misma: no somos lo que fuimos ni lo que seremos sino lo que estamos siendo, siempre en el agua fría del proceso.

En el Evangelio de Lucas y en el de Marcos, el primer acto de Jesús después de su bautismo es llamar a los pescadores. No a los sacerdotes, no a los escribas. A los que pasaban la vida en el agua, que conocían lo que vive debajo de la superficie. Esta elección —que la tradición cristiana latinoamericana ha repetido durante quinientos años— establece al pez como el objeto de la atención de lo sagrado: lo que está en las profundidades merece ser sacado a la luz, no porque sea oscuro sino porque tiene un nutriente que la superficie no puede proporcionar.

Variantes oníricas frecuentes

Escenario: Peces nadando en aguas claras que puedes ver desde arriba: Este es el sueño del observador: puedes ver lo que está debajo sin estar dentro. La claridad del agua importa —el agua turbia cambia el sueño radicalmente— porque señala la calidad de la visión que tienes sobre lo que está en tu interior. Agua clara: el acceso al material inconsciente está disponible, aunque sea desde la distancia de la superficie. Ver los peces en aguas claras sin necesitar pescarlos ni tocarlos puede señalar un momento de paz con la complejidad de la propia vida interior.

Escenario: Un pez grande que nada en las profundidades: La imagen clásica junguiana: lo que está en el fondo del océano interior, demasiado profundo para ser visto claramente pero lo suficientemente grande para ser sentido. Este pez señala algo de gran peso psicológico que está activo en el inconsciente pero que todavía no ha llegado a la superficie de la consciencia. El sueño no dice que sea amenazante; dice que está ahí y que su tamaño importa.

Escenario: Pescar con éxito: Sacar algo de las profundidades y tenerlo en las manos. Este sueño tiene la textura del insight genuino: algo que estaba en el inconsciente ha sido traído a la superficie, puede ser visto, puede ser sostenido. Lo que pescas en el sueño —si puedes ver qué es— es el contenido que el inconsciente está listo para entregar a la consciencia. Si no puedes ver qué es, la calidad de la pesca —si es difícil o fácil, si el pez lucha o viene con calma— señala la resistencia o la disponibilidad de ese proceso.

Escenario: Un pez que habla o tiene cualidades extraordinarias: El pez mágico de los cuentos de hadas —el que concede deseos, el que sabe cosas— aparece en el sueño como la versión más directa del inconsciente ofreciendo sabiduría desde las profundidades. Si el pez del sueño habla o porta una calidad que no tiene ningún pez real, el inconsciente está siendo poco habitual en su generosidad. Lo que dice o lo que porta merece atención sin filtros.

Escenario: Ahogarse entre peces o ser el pez: La variante cortazariana: la inversión de perspectiva, la experiencia de ser lo que normalmente se observa desde afuera. Si en el sueño eres el pez —si el sueño tiene esa textura de habitar el agua como elemento natural, de ver el mundo desde la profundidad hacia arriba—, el inconsciente está ofreciendo directamente el acceso a la perspectiva del material que normalmente solo observas desde la superficie. Este sueño es raro y extraordinariamente valioso.

El símbolo a través de las culturas

La tradición de Cuaresma y de los viernes de abstinencia en el catolicismo latinoamericano ha convertido al pez en un símbolo de lo que se come en lugar de la carne: lo que viene del agua como sustituto temporal de lo que viene de la tierra. Pero en las comunidades costeras de México, Colombia, Venezuela, Perú y Chile —donde el pescado no es sustituto sino alimento principal, la base de la economía y de la identidad— el pez tiene un peso cultural que el calendario litúrgico no puede capturar completamente. El pescador que sueña con peces está soñando con su medio de vida, con el riesgo que toma cada vez que sale al mar, con la relación de dependencia y de respeto con el agua que define su mundo.

En la cosmología maya, el caiman acuático —Itzam Cab Aín— nadaba en las aguas primordiales y su cuerpo era también la tierra. Los peces del mundo maya no eran simplemente animales: eran entidades del Xibalba —el inframundo acuático— que podían ser mensajeros de los señores de la muerte o simplemente los habitantes de un mundo paralelo cuyas reglas eran radicalmente distintas a las del mundo terrestre. Soñar con peces en esa tradición era soñar con lo que opera desde el Xibalba, desde el mundo de abajo que es el espejo del mundo de arriba.

García Márquez usó el agua —ríos, lluvias, inundaciones— como el elemento que conecta Macondo con algo más vasto que sí misma. En El amor en los tiempos del cólera, Fermina Daza y Florentino Ariza viven su amor final en un barco sobre el río Magdalena, rodeados de agua y de peces. El río —con su lógica de flujo que no puede ser detenido, de profundidades que no pueden ser vistas— es el elemento que hace posible que algo que pareció muerto durante décadas vuelva a respirar. Los peces del Magdalena son testigos mudos de la resurrección del amor, exactamente como los peces del inconsciente son testigos de lo que está vivo en las profundidades aunque la superficie no lo muestre.

Emociones y desarrollo personal

La paz ante los peces del sueño —esa tranquilidad específica de observar vida en movimiento en el agua, sin necesidad de capturarla ni de temerla— es el estado psicológico más deseable y más raro: la capacidad de contemplar el propio inconsciente sin la urgencia de controlarlo o la ansiedad de lo que podría emerger. Este estado señala una madurez en la relación con la propia profundidad.

La fascinación inquieta —esa mezcla de atracción y de algo parecido al mareo que genera la imagen de las profundidades— señala que el soñador está en el borde de algo que todavía no puede ver claramente. El vértigo ante las profundidades del agua es el vértigo ante la profundidad propia: algo que está ahí y que sería transformador, pero que todavía requiere la travesía de ir más adentro.

El miedo al pez grande —ese momento en que lo que nada en las profundidades se acerca a la superficie y su tamaño se hace visible— señala que el material inconsciente que está siendo procesado tiene una magnitud que sobrepasa lo que el soñador estaba esperando. No es una señal de peligro sino de alcance: hay algo grande ahí. Grande puede ser difícil, pero también puede ser valioso.

Interpreta este sueño

1. Examina la calidad del agua. Clara u oscura, profunda o superficial, tranquila o turbulenta: el agua señala el estado actual del acceso al inconsciente. Los peces en agua clara son más accesibles; los peces en agua turbia están en material que todavía no puede ser visto con claridad. 2. Observa el tamaño y el tipo de pez. El pez pequeño y el pez enorme señalan magnitudes distintas de lo que el sueño está procesando. El pez de colores vivos señala material con una carga emocional intensa; el pez oscuro o de fondo señala material más antiguo y más profundo. 3. Examina si pescabas o simplemente observabas. La acción de pescar es el proceso de llevar algo a la consciencia. Observar sin intervenir es el estado de contemplación del propio interior. ¿Cuál de los dos necesitas en este momento? 4. Conecta el sueño con la pregunta cortazariana. ¿Hay algo en tu vida que llevas contemplando tanto tiempo que ya no sabes si lo estás mirando o si se está convirtiendo en ti? ¿Hay algo del que eres espectador que en realidad ya eres? 5. Considera el elemento del agua en tu vida actual. Los sueños de peces suelen intensificarse en períodos de mayor contacto con el inconsciente: terapia, meditación, períodos de soledad, momentos de duelo. ¿En qué estado están tus profundidades en este momento? 6. Reflexiona sobre qué está vivo en ti que no es visible en la superficie. El pez en las profundidades no necesita ser pescado para ser real. ¿Qué dimensión de tu vida interior está activa aunque no sea visible para los que te observan desde afuera?

Lucidez onírica

El sueño lúcido con peces ofrece la oportunidad que Cortázar describió como ficción: la posibilidad de cruzar al otro lado del vidrio, de habitar el elemento del pez y ver desde ahí.

Cuando alcanzas la lucidez en un sueño de agua con peces, la práctica más directa es sumergirte. No en la lógica de los sueños de ahogamiento —esa es otra experiencia— sino con la intención de ir más adentro, de acercarte a lo que está en las profundidades con la confianza de que el sueño lúcido no puede hacerte daño. Lo que encuentras al descender en el sueño lúcido —los peces, las formas, las estructuras del fondo— es el material que el inconsciente tiene disponible para ser explorado.

La práctica de convertirse en el pez —de pedir al sueño lúcido la perspectiva del habitante de las profundidades— es la práctica cortazariana. La inversión de perspectiva que produce: ver el mundo desde el agua hacia arriba, sentir el elemento del inconsciente como propio en lugar de como algo externo que observar. Los soñadores que practican esta inversión reportan, con frecuencia notable, insights sobre aspectos de su vida que llevaban tiempo siendo vistos solo desde la superficie.

El pez en el sueño lúcido no necesita ser interpretado: puede ser habitado. Y habitarlo, aunque sea brevemente, cambia la relación entre el soñador y lo que está debajo.