Guerra

Crisis

El Coronel Aureliano Buendía perdió treinta y dos guerras civiles. No en la ficción vaga donde los números no importan, sino en la contabilidad exacta que García Márquez establece con la precisión de un cronista: treinta y dos alzamientos, treinta y dos derrotas, diecisiete hijos en diecisiete mujeres distintas, todos llamados Aureliano, todos asesinados antes de que el coronel llegara a la vejez en su taller de pescaditos de oro. La guerra en Cien años de soledad no es un episodio: es el estado permanente de la condición latinoamericana, la manera en que el continente procesa sus contradicciones cuando ya no le queda otro idioma.

García Márquez no inventó esa repetición: la heredó. Colombia tuvo en el siglo XIX más guerras civiles que años. La llamada Guerra de los Mil Días —1899-1902— fue la última de una serie que comenzó con la independencia. La guerra latinoamericana no es la guerra de las grandes batallas napoleónicas: es la guerra civil, interna, donde el enemigo vive en el mismo país y habla el mismo idioma. La guerra de los desaparecidos argentinos. La de las guerrillas colombianas. La de los Cristeros mexicanos que Rulfo vio de niño y dejó en Pedro Páramo como un paisaje de muertos que no terminan de estar muertos.

Soñar con la guerra en América Latina es soñar con algo que para muchas familias no es historia remota sino memoria de generación reciente: el trauma que no termina de transmutarse en pasado porque sus efectos siguen organizando el presente.

Octavio Paz y la violencia como identidad

En El laberinto de la soledad, Octavio Paz propuso una lectura de la violencia mexicana que sigue siendo el análisis más profundo y más perturbador del tema. Para Paz, la violencia no era una disfunción de la cultura mexicana sino una de sus formas de expresión más características: el resultado de una historia de conquista, de mestizaje forzado, de identidades que se construyeron sobre la herida. "México se desborda en un solo grito de mil caras", escribió, y ese grito tenía también el sonido de la pólvora.

Paz no glorificaba la violencia: la analizaba. Su argumento era que la violencia latinoamericana no era simple barbarie sino la forma que tomaba una energía que no había encontrado canales más constructivos, fundada en una historia donde el contrato social fue construido sobre la exclusión. La fiesta y la guerra eran, en su análisis, dos versiones del mismo impulso: el desbordamiento hacia algo más grande que el yo ordinario, la búsqueda de comunión que la vida cotidiana no proporciona.

La guerra del sueño de quien lleva esta historia en el cuerpo no es solo conflicto interno entre partes de la psique: es también la resonancia de una memoria colectiva que usa la imagen de la guerra porque la guerra ha sido, literalmente, uno de los idiomas del continente.

Xipe Tótec y la guerra como renovación

En la cosmología azteca, Xipe Tótec —"Nuestro Señor el Desollado"— era el dios de la guerra, de la renovación, de la fertilidad que viene después de la destrucción. Su símbolo era la piel arrancada: los sacerdotes de su culto vestían las pieles de los sacrificados y las llevaban durante veinte días hasta que se pudrían, imagen de la semilla que debe descomponerse para que nazca la planta nueva. Xipe Tótec era adorado especialmente durante el Tlacaxipehualiztli —la Fiesta del Desollamiento— donde los guerreros capturados en las Guerras Floridas eran sacrificados y desollados para renovar la energía del cosmos.

Esta cosmología de la guerra como proceso de renovación —donde la destrucción no es el fin sino el requisito del comienzo nuevo— no debe romantizarse. El sacrificio humano era una práctica real con consecuencias reales para las personas que lo padecían. Pero como sistema de símbolos, dice algo que las culturas del norte a menudo pierden: que la destrucción y la creación no son opuestos sino fases de un proceso continuo, que lo que parece solo guerra puede ser también el período de desollamiento que precede a la piel nueva.

La guerra onírica latinoamericana puede llevar algo de esta carga: la posibilidad de que el conflicto que destruye todo lo conocido sea también el proceso de renovación que Xipe Tótec presidía. No el consuelo fácil de que "todo pasa por algo", sino la comprensión más difícil de que hay formas de transformación que no pueden ocurrir sin destrucción, que hay pieles viejas que no pueden ser mudadas sin el proceso violento del desollamiento.

Rulfo y los muertos que no terminan: la guerra de Cristero

Juan Rulfo creció en el estado de Jalisco durante la Guerra Cristera —el conflicto entre el gobierno anticlerical de Plutarco Elías Calles y los campesinos católicos que se negaron a aceptar las restricciones religiosas— que entre 1926 y 1929 dejó noventa mil muertos y una generación de niños que vieron cosas que no tenían palabras suficientemente grandes para describirlas. Rulfo tenía siete años cuando comenzó la guerra. Su padre fue asesinado. Su madre murió poco después. Fue criado por su abuela en medio del paisaje árido de Jalisco, entre ruinas de ranchos quemados y recuerdos de violencia que nadie terminaba de procesar.

Pedro Páramo es la forma que tomó esa experiencia: un mundo donde los muertos no pueden irse porque murieron en medio de demasiada violencia, demasiadas deudas sin saldar, demasiadas palabras no dichas. Comala es el pueblo donde la guerra dejó a todos atrapados en el momento en que murieron, incapaces de avanzar. Juan Preciado llega a un lugar donde la guerra nunca terminó del todo porque sus efectos —el odio, la culpa, las traiciones, los amores imposibles— siguen organizando la realidad de los que no encuentran la paz.

La guerra onírica que no termina tiene algo de Comala: la permanencia de la herida, la incapacidad del tiempo de hacer lo que se supone que hace. Para las familias latinoamericanas que llevan en su historia generaciones de violencia política, de dictaduras, de guerrillas, de desaparecidos, el sueño de guerra puede ser el único idioma disponible para procesar una herida más grande que lo que la memoria individual puede contener.

Variantes oníricas frecuentes

La guerra latinoamericana del sueño no tiene un solo rostro: tiene el rostro de cada conflicto que el continente ha vivido:

Escenario: Estar en una zona de conflicto sin saber de qué bando eres: La desorientación del civil en medio de la guerra —que es la experiencia histórica de la mayoría de las víctimas de la violencia política latinoamericana— señala el conflicto en la vida del soñador cuya naturaleza todavía no ha sido nombrada con claridad. Hay una lucha en curso, hay bandos, hay consecuencias graves. Pero el soñador no sabe bien qué está defendiendo ni contra quién, y esa desorientación es la señal más urgente: antes de poder resolver el conflicto, hay que entender qué está en conflicto.

Escenario: La guerra llega a tu casa, al espacio más íntimo: La invasión del espacio doméstico —la guerra que entra por la puerta, que destruye el patio, que irrumpe en la habitación donde dormías seguro— es la imagen de la crisis que no puede ya ser ignorada porque ya no respeta ningún límite. En la historia latinoamericana, esta imagen tiene un referente concreto: los operativos nocturnos de las dictaduras, los desaparecidos sacados de sus casas de madrugada, la guerra que no respetaba la separación entre lo público y lo privado. El sueño que lleva esa imagen puede estar procesando un trauma heredado o puede estar señalando que algo que creías protegido ya no lo está.

Escenario: Combatir con convicción en una guerra que entiendes: El guerrero que sabe por qué lucha es una figura que la tradición latinoamericana ha mitologizado a veces hasta el daño —el guerrillero romántico, el mártir de la revolución— pero que en el sueño puede tener un significado más preciso y más personal: hay algo en la vida del soñador que merece ser defendido aunque la defensa tenga un costo. El sueño de la guerra con convicción es el sueño de la alineación entre los actos y los valores más profundos.

Escenario: Las guerras civiles que se repiten, el ciclo que no termina: La guerra que vuelve —la tercera, la décima, la trigésima segunda guerra del Coronel Aureliano Buendía— es el sueño de la repetición compulsiva. El mismo conflicto que no encuentra resolución duradera, el mismo ciclo que cada vez que parece terminado comienza de nuevo con otro nombre. Este sueño señala las repeticiones reales en la vida del soñador: el mismo tipo de conflicto relacional, el mismo tipo de crisis laboral, el mismo patrón que se reinicia porque la causa profunda nunca fue tocada.

Escenario: Ser testigo de los desaparecidos, de los que no volvieron: La figura del desaparecido —sacado de su vida sin juicio, sin cuerpo, sin tumba— es una de las contribuciones más oscuras de la historia latinoamericana al imaginario del duelo. Soñar con los desaparecidos es soñar con lo que no pudo ser llorado porque nunca tuvo forma definitiva: la pérdida que no tiene fecha, que no tiene lugar, que no tiene el ritual que necesita para ser procesada.

Escenario: Caminar entre las ruinas después de la guerra: El paisaje de posguerra —los escombros, el silencio, los objetos rotos de la vida ordinaria— es uno de los sueños más cargados de melancolía y de posibilidad simultáneas. La guerra terminó. Lo que era no volverá a ser. El soñador está en pie entre las ruinas, lo que significa que sobrevivió, que está en la tarea de reconstruir o de decidir si quiere reconstruir en el mismo lugar o si hay que encontrar otro suelo.

El Bhagavad Gita en el laberinto latinoamericano

Octavio Paz conocía el Bhagavad Gita y lo citaba con la misma naturalidad con que citaba a los poetas náhuatl o a los surrealistas franceses. Le interesaba la figura de Arjuna: el guerrero que se detiene ante la batalla y descubre que sus enemigos son sus maestros y sus familiares. Krishna responde con la dureza de la verdad que no consuela sino que libera: el campo de batalla de Kurukshetra es también el campo de batalla del alma, y la acción correcta realizada sin apego al resultado no esclaviza al que actúa.

Es la pregunta del latinoamericano atrapado en la guerra civil: ¿cómo peleo contra el que habla mi mismo idioma, contra el que creció en la misma tierra? La única postura sostenible es la del guerrero-poeta que Paz describía: quien actúa plenamente en el mundo sin perder la consciencia de que es también el que observa ese actuar.

Interpreta este sueño

1. Identifica qué está en conflicto. Incluso si la guerra del sueño parecía exterior y política, pregúntate qué dos partes de ti mismo podrían estar representadas por los bandos en conflicto. 2. Examina tu rol. ¿Combatiente, víctima, testigo, mediador? El rol revela la posición que el yo consciente ocupa ante el conflicto real que el sueño procesa. 3. Observa el paisaje de la guerra. ¿Reconocías el territorio? ¿Era familiar, histórico, completamente imaginario? El espacio de la guerra señala el territorio psíquico donde el conflicto tiene lugar. 4. Reflexiona sobre la memoria familiar y cultural. ¿Hay guerras en la historia de tu familia o de tu país que puedan estar resonando en el sueño? El trauma transgeneracional tiene un idioma, y ese idioma suele ser el de las imágenes de lo que la generación anterior vivió. 5. Distingue si la guerra puede resolverse o si señala una transformación. Algunos conflictos se resuelven mediante el diálogo y el compromiso. Otros —como la guerra de Xipe Tótec— son procesos de desollamiento que no pueden evitarse sino solo atravesarse con tanta consciencia como sea posible. 6. Pregúntate qué sería vivir sin esta guerra. Si el conflicto que el sueño representa desapareciera, ¿qué cambiaría en tu vida? ¿Hay algo en la guerra que también da estructura, propósito, identidad —algo que perderías si la guerra terminara?

Lucidez onírica

Pocos escenarios del sueño lúcido son tan exigentes como el campo de batalla. El terror, el ruido, la velocidad de los eventos: todo conspira para barrer la consciencia lúcida y devolver al soñador al estado reactivo de la pesadilla. Y sin embargo, si logra mantenerse lúcido en medio de la guerra, el soñador tiene ante sí la práctica más rara y más transformadora del repertorio onírico consciente: detener la guerra desde dentro.

No mediante la magia del sueño que cambia los escenarios, sino mediante el gesto de Arjuna: detenerse en el campo de batalla y preguntar. ¿Qué está en conflicto aquí? ¿Cuál es la naturaleza real de esta guerra? ¿Hay algo en este campo de batalla que pueda ser reconocido sin ser destruido?

Los soñadores que practican esta detención lúcida en medio de la guerra —que se niegan a disparar o a huir y en su lugar se quedan y preguntan— reportan que la escena se transforma. No siempre en paz: a veces en otro tipo de conflicto más visible y más tratable. Pero la guerra que se reconoce desde adentro, que se nombra en el momento en que ocurre, pierde algo de la autonomía que tiene cuando el soñador simplemente la padece. Y perder esa autonomía es el primer paso hacia la posibilidad de que algún día, en el sueño o en la vigilia, esa guerra pueda terminar.